Simulación del consentimiento y exclusión del bonum prolis. Causas y consecuencias

AutorEnrique de León Rey
Páginas281-298
SIMULACIÓN DEL CONSENTIMIENTO Y
EXCLUSIÓN DEL BONUM PROLIS. CAUSAS Y
CONSECUENCIAS
ENRIQUE DE LEÓN REY
Juez Auditor del Tribunal de la Rota de la Nunciatura de Madrid
1. EL PRINCIPIO CONSENSUAL
Cuando se estudia el consentimiento matrimonial en el ordenamiento
canónico, sea en positivo –en qué consiste y sus elementos–, sea en negativo
–incapacidades y vicios–, y se compara con el casi inexistente en el ordena-
miento jurídico español (art. 45, 73, 1º, 4º y 5º; y 76: solamente el que hubiera
sufrido error, coacción o miedo grave puede ejercitar la acción de nulidad) se
puede apreciar la gran importancia que en la Iglesia se da al consentimiento
matrimonial y que puede sintetizarse en las frases recogidas en el can. 1057
§§ 1 y 2, que todos conocemos, y que dicen: “el matrimonio lo produce el con-
sentimiento de las partes (…) que ningún poder humano puede suplir” (can.
1057 §1) y “el consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad por el cual
el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable
para constituir el matrimonio” (can. 1057 §2).
Antes de añadir ningún comentario, me parece oportuno destacar que el
enunciado de este principio no depende de ninguna teoría contractualista del
matrimonio –es decir, del traslado de categorías de la dogmática jurídica de
los contratos civiles a la realidad del matrimonio canónico– sino, al contra-
rio, estamos ante un principio antropológico presente ya en el ius antiquuum
canónico del primer milenio, a partir del cual se ha construido después el ma-
trimonio como institución jurídica y que aún hoy, a pesar de estar hondamente
secularizada, permanece en todos los ordenamientos occidentales.
Este principio se compendia y se abrevia en un brocardo medieval bien
sencillo y preciso: matrimonium facit solus consensus, que se encuentra formu-
lado ya como notandum en la redacción de los primeros casus del siglo XII y es
reiterado después en las decretales y también, con profusión, por la incipiente
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doctrina de los decretistas pioneros, hasta el día de hoy. Sin embargo, qué
sea ese consensus “que hace el matrimonio”, solus consensus, es una cuestión
distinta y compleja. Como es sabido, la primera discusión sistematizada sobre
su significado se contiene en la Causa 27 cuestión 2 del Decreto de Graciano.
De aquí leo ahora dos textos o auctoritates especialmente importantes.
Primera: San Juan Crisóstomo, Homilía 32 sobre el evangelio de Mateo:
Matrimonium quidem non facit coitus, sed uoluntas. “El matrimonio no lo hace
ciertamente la cópula carnal sino la voluntad”, el querer. Y sigue, prescindo
ahora de leer el texto latino original: [Ideo non soluit illud separatio corporis,
sed uoluntatis. Ideo, qui dimittit coniugem suam et aliam non accipit, adhuc ma-
ritus: nam etsi corpore iam separatus est, tamen adhuc uoluntate coniunctus est.
Cum ergo aliam acceperit, tunc plene dimittit. Non ergo qui dimittit mechatur,
sed qui alteram ducit]: “Por tanto, no se disuelve por la separación de cuerpos,
sino por causa del querer. Y, por tanto, quien despide a su mujer, y todavía
no recibe a otra, continúa siendo su marido pues, aunque haya separación de
cuerpos, sin embargo, continúa unido por la voluntad. Sólo cuando recibe a
otra, es cuando la ha despedido plenamente. En conclusión, no adultera quien
despide a una, sino quien recibe a otra como a su esposa”.
Segunda: del Papa Nicolás I en su conocida respuesta a las consultas de los
Búlgaros. Dice: Sufficiat solus secundum leges consensus eorum, de quorum
quarumque coniunctionibus agitur. Qui solus si defuerit, cetera etiam cum ipso
coitu celebrata frustrantur. “Baste el solo consentimiento, según las leyes, de
aquellos y de aquellas de cuyas uniones se trata. Si faltase sólo eso, todo lo
demás celebrado se frustra incluida también la misma cópula”.
Desde esos comienzos, para dar una noción de matrimonio, se acudirá al
texto romano que definía de este modo las nupcias o el matrimonio: nuptiae
autem siue matrimonium est uiri et mulieris coniunctio indiuiduam consuetu-
didem uitae continens, “las nupcias o el matrimonio es la unión del varón y de
la mujer que contiene una unidad indivisible de vida”. Esta definición aparece
en C.27 q.2 c.3 del Decreto de Graciano, se reitera en el párrafo inicial de C.29
q.1, aparece también en la decretal X 2.23.11 Illud quoque de Alejandro III,
parcialmente en la decretal X 3.33.2 Ex literis de Gregorio IX y, con ligeros
retoques, será universalmente repetida por la teología católica en los siglos
sucesivos hasta ser recibida formalmente en el Catecismo del Concilio de
Trento (II.8.3) promulgado por Pio V en 1566.
En 1965 Francesco Salerno publicó una monografía sobre esta definición
en la doctrina canónica y teológica de los siglos XII y XIII afirmando que esa
definición se ha usado nella sua forma originale, in tutto l’arco dei due secoli,
nei testi legislativi e presso civilisti, canonisti, teologi, senza distinzione di tempo

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