Centroamérica: riesgos y desafíos a la luz del IV Informe Estado de la Región. Proyecto Estado de la Región

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A comienzos de la segunda década del siglo XXI, Centroamérica1 enfrenta uno de los momentos más complicados en los últimos 25 años. La pacificación, apertura democrática y económica que supuso la firma del Acuerdo de Esquipulas (1987), promovió importantes réditos al interior de cada uno de los países, pero la magnitud de los rezagos así como las amenazas mantienen a la región en situación de alto riesgo, sin que se advierta un cambio sustantivo en la dirección de las políticas públicas.

No se trata ya solo de una pérdida de dinamismo de los avances societales, sino que en los últimos años se han presentado varios retrocesos y signos de una posible fractura regional, pese a que han aumentado las capacidades de los países del istmo para enfrentar episodios de crisis.

El lastre más significativo que enfrenta Centroamérica es la persistencia de altos niveles de exclusión social, en particular afecta a los países del centro

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y sur de la región -Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua donde habita el 80% de la población del istmo. Estos países se caracterizan por: frágiles sistemas políticos y Estados de derecho, inserción precaria en la economía internacional y por una alta dependencia de las remesas enviadas por sus migrantes2.

Siguiendo el análisis presentado en el IV Informe Estado de la Región, se destaca al trienio 2008-2011 como un periodo turbulento en el que tuvieron lugar retrocesos en varios frentes. Sin embargo, cabe destacar que ningún país ni el área en su conjunto, revivió los escenarios de crisis política y económica experimentados en los años ochenta. El golpe de Estado en Honduras (2009) ha sido, en todo caso, una advertencia peligrosa de lo que puede suceder en otros países con manifiestas debilidades institucionales.

La evidencia permite señalar que en el istmo se continuaron observando progresos, pese a los tiempos difíciles, pero también se registraron preocupantes involuciones que han estirado las brechas inter e intrarregionales. Estos retrocesos no fueron eventos aislados, puesto que derivan de una peligrosa combinación de amenazas y vulnerabilidades. Por su parte, el proceso de integración regional sufrió fuertes presiones que afloraron sus debilidades y limitaron aún más su alcance, como consecuencia de las crisis políticas dentro y entre países.

El peligro de una fractura regional -entendida como la insuficiente disposición de los Estados para actuar en forma coordinada ante retos comunes- puede ser evitada si se profundiza la acción conjunta en áreas estratégicas y, la vez, se robustece la cohesión al interior de los países. Para ambas tareas es esencial el fortalecimiento de los Estados, en tanto plataformas insustituibles para articular procesos incluyentes de desarrollo.

La reciente evolución del desempeño regional resalta hechos que revelan la exposición de la región a amenazas globales que se conjugan con fragilidades construidas a lo largo de décadas. Mientras todavía se arrastran déficits históricos -como los altos niveles de exclusión social y desigualdad- el istmo se ha convertido en el territorio más violento de América Latina y en una de las zonas más inseguras del mundo, con actores del crimen organizado cada vez más fuertes, diversificados y amenazadores; también es la región más expuesta a la incidencia del cambio climático. Asimismo, la alta sensibilidad de la

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región a los shocks económicos externos consumió esfuerzos e, incluso, varios logros alcanzados en años previos y, como saldo, ha quedado en entredicho la solvencia de las arcas públicas.

Los magros resultados del período 2008 a 2011, sin embargo, no revirtieron del todo el progreso registrado en la región durante la primera década del siglo. A pesar de los tiempos difíciles, no se reeditó otra "década perdida" como la de los ochenta del siglo XX. Incluso en medio de fuertes presiones, se reportaron mejoras en la expectativa de vida y siguió bajando la incidencia de la mortalidad infantil, a la vez que creció la cobertura educativa (aunque desde puntos de partida muy disímiles). Si bien quedó en evidencia el ritmo lento y la fragilidad de los progresos -así como la vulnerabilidad de amplios grupos sociales ante la recesión económica-, la región mostró cierta capacidad de respuesta ante amenazas que hacían prever impactos más dramáticos. El gasto social no se comportó, como en otras crisis, de manera procíclica y el mercado común centroamericano ha jugado un papel crucial en la recuperación económica.

Preocupa en todo caso que, pese a las severas dificultades que retan a Centroamérica, ésta ha perdido importancia relativa en el escenario global. Cierto es que en 2009 se firmó el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, una ventana para afianzar vínculos con esa región. Empero, la crisis econó-mica en Europa y EE.UU. ha afectado flujos de cooperación históricamente claves para la inversión en los países más rezagados. Por otra parte, a diferencia de Sudamérica, la región no tiene vínculos consistentes con las economías emergentes.

La peligrosa concurrencia de tres riesgos estratégicos

El IV Informe Estado de la Región advierte la concurrencia de tres riesgos estratégicos para el presente y futuro de Centroamérica. El primer riesgo es el institucional: hay un tipo de Estado en varios países de la región, marcadamente hostil a la democracia. Son Estados con aparatos institucionales pequeños, redes institucionales precarias, Ejecutivos dominantes, sin contrapesos, ajenos a la transparencia y atrapados por grupos de poder. Este perfil se traslapa con una notable debilidad...

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