Los objetivos de desarrollo del milenio: ¿una nueva agenda de desarrollo?

AutorEnara Echart Muñoz - Luis Miguel Puerto Sanz
CargoInvestigadora del IUDC y doctoranda en Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid - Profesor de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCM e investigador asociado al IUDC.
Páginas9-27
Introducción

En el año 2000, los jefes de Estado y de Gobierno se comprometieron, en la Cumbre del Milenio, a cumplir una serie de objetivos de desarrollo, que tenían como eje central la lucha contra la pobreza y el hambre. Además de este primer objetivo, los objetivos de desarrollo del milenio (ODM) se refieren a la necesidad de lograr una educación primaria universal; promover la equidad de género y la autonomía de la mujer; reducir la mortalidad infantil; mejorar la salud materna; combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades, como la tuberculosis; garantizar la sostenibilidad medioambiental (deteniendo la deforestación, disminuyendo las emisiones de dióxido de carbono, asegurando el acceso a agua potable y mejorando las condiciones de vida en las chabolas); y fomentar una asociación mundial para el desarrollo (lo que se traduce en mejorar las condiciones comerciales, incrementar y mejorar la ayuda oficial al desarrollo, atender las necesidades especiales de los países menos adelantados, sin litoral y pequeñas islas, encarar los problemas de la deuda externa, proporcionar un trabajo digno y productivo a los jóvenes, asegurar el acceso a los medicamentos esenciales, y velar por el aprovechamiento de los beneficios de las nuevas tecnologías).

Estos objetivos surgen tras los sucesivos fracasos de las políticas en pro del desarrollo, que llevan a las Naciones Unidas, y a otros organismos internacionales, a reestructurar los compromisos anteriores bajo la forma de una guía de mínimos, en la que no se incorporan los conceptos más evolucionados de las teorías del desarrollo, ni se pretende reformar el contexto en el que se inserta el subdesarrollo (más allá de algunas cuestiones incorporadas en el objetivo octavo), lo que les convierte en una política de alivio Page 11 de las consecuencias del mismo, más que en una verdadera política de desarrollo que enfrente las causas del fenómeno. Situación tanto más cuestionable en la medida que han introducido una concepción del desarrollo, asociada esencialmente a la erradicación de la pobreza, medida de forma concreta.

A pesar de estas cuestiones, los ODM han recibido una calurosa acogida por parte de numerosos actores del sistema de cooperación internacional, lo que hace conveniente detenerse a reflexionar, desde una perspectiva crítica, sobre las implicaciones que tiene esta nueva agenda... ¿de desarrollo?. Para ello, el artículo comenzará repasando la evolución de las teorías del desarrollo hasta llegar, en el momento actual, a la lucha contra la pobreza, como eje central de cualquier política de desarrollo. A continuación, se abordarán algunas dimensiones del objeto de estudio, a saber, las implicaciones que tiene el hecho de situar la pobreza como objetivo central.

Más allá de estas cuestiones, que permiten situar estos objetivos en un contexto más amplio, desvelando la filosofía que encierran en tanto guía de mínimos para la lucha contra la pobreza, cinco años después de esta declaración de intenciones, son todavía demasiado escasos los avances, como se verá en los siguientes apartados. Se comenzará analizando los ejes centrales de la Asociación mundial para el desarrollo, a saber, los temas de comercio y deuda; y se ofrecerán algunos apuntes sobre los avances en la consecución de los siete primeros objetivos. El artículo se cerrará con unas breves conclusiones acerca de las implicaciones de esta nueva agenda de la cooperación internacional para el desarrollo.

Una aproximación sintética y tentativa hacia la teoría del desarrollo

Los análisis sobre el desarrollo son, dentro de la disciplina económica, relativamente recientes en el tiempo. No obstante, cabe mencionar que los desarrollos teóricos, con diferentes perspectivas, desde los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, experimentaron cierta efervescencia, y en todo caso es necesario reconocer que la economía del desarrollo ha experimentado mayores impulsos, aún considerando ciertos períodos de atonía, que su objeto de estudio, a saber, el desarrollo económico. Se puede, incluso, interpretar que no hay un dinamismo en la disciplina con relación a nuevas aportaciones teóricas y que ha tenido lugar, en el momento actual, una reorientación en la medida que el estudio sobre el desarrollo se ha visto reemplazado por el análisis de la lucha contra la pobreza.

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Las discusiones a propósito del desarrollo suponen un ejercicio de creación ex novo que se concreta, esencialmente, después de la segunda guerra mundial. De un lado, el esfuerzo institucional de carácter internacional por dar cabida a las nuevas preocupaciones relativas al desarrollo en el marco de las Naciones Unidas1 y, de otro lado, la articulación de los esfuerzos de los países subdesarrollados que reclamaban la descolonización y el desarrollo2, permiten la aparición en el panorama mundial de una interpretación del desarrollo como un tema esencialmente económico, en particular, identificado, las más de las veces, con el crecimiento. De la mano de la industrialización, de la utilización de tecnologías modernas, de la presencia activa del Estado como promotor del crecimiento, de la ayuda exterior bajo la forma de inversión extranjera o de ayuda oficial, se alcanzaría el objetivo de la modernización. Una lectura optimista que gustaba de ser oída por los países subdesarrollados.

Esta visión del desarrollo, ligada casi en exclusiva al crecimiento económico, es dominante, pero no hegemónica. Es posible encontrar voces discordantes entre los estudiosos internacionales de la economía del desarrollo, análisis que supusieron el arranque de otros enfoques críticos, punto por punto, con la teoría de la modernización. Entre los mismos, conviene señalar las aportaciones de D. Seers3 quién rechaza, a partir de consideraciones históricas y empíricas, la validez universal de la economía, y realiza una fundamentada crítica de la teoría de la modernización al considerar que no se puede establecer una ley aplicable de forma universal y atemporal que se infiera del estudio de casos particulares, que son la excepción en la economía mundial. El caso general que la realidad proporcionaba, y proporciona, es el de los países subdesarrollados, de modo que emplear la referencia histórica de los países desarrollados es un grave error metodológico.

Los planteamientos modernizadores son muy atractivos mirados desde la perspectiva del Norte pues justificaban el mantenimiento de políticas que favorecían el crecimiento económico interno y la ayuda internacional en el contexto de la guerra fría. De otro lado, las etapas del crecimiento se convertían en una suerte de promesa, que actuaba como la recompensa para y por Page 13 abordar un modelo de desarrollo eurocéntrico. No obstante, a pesar de que los primeros teóricos del desarrollo hacen hincapié en los factores internos por sobre los internacionales para intentar comprender el fenómeno del subdesarrollo, en sus trabajos hay una honda preocupación por los efectos del comercio, de los movimientos internacionales de capital, e incluso de las migraciones, bajo diferentes acepciones y con distintas conclusiones a lo largo del tiempo. A finales de los años cincuenta comienzan a aparecer análisis que dudan del supuesto impacto beneficioso que se atribuía, y atribuye, al comercio sobre el crecimiento desde los planteamientos de la teoría neoclásica del comercio internacional4.

La reacción a estos enfoques se realizó desde dos perspectivas: de un lado, se encuentran quienes realizan algunas reflexiones sobre la teoría de la modernización con sentido conservador, que concentran su trabajo en reforzar el papel del mercado como garantía de eficiencia y de libertad económica, por lo que sugieren, en términos de recomendaciones de política, un esfuerzo liberalizador en los países subdesarrollados.

Por otro lado, están los análisis neomarxistas estadounidenses5 y los enfoques dependentistas. Para los primeros se hace necesario establecer una conexión entre los análisis de la tradición marxista y la realidad del momento, en particular prestando atención al fenómeno de la concentración del capital en la economía. Su obra supone un aporte y mantiene una influencia considerable en la forma de interpretar las relaciones entre los países desarrollados y los subdesarrollados en tanto que, de una parte, considera a los países subdesarrollados como actores del desarrollo a lo largo de la historia, en particular de los países desarrollados; y de otra, entienden que el logro del desarrollo no se alcanzará integrándose en el sistema sino abandonándolo. En cuanto a los dependentistas, es difícil identificar un cuerpo de conceptos y una posición teórica común, por ello conviene hablar de diversos enfoques que prestan atención a elementos distintos, si bien complementarios. Esta circunstancia no merma un ápice su contribución a la teoría del desarrollo, su perspectiva ha permitido cuestionar de forma clara la teoría de la modernización y pensar el desarrollo y el subdesarrollo de forma nueva, superando la naturalidad de las etapas del crecimiento al incorporar en el análisis una visión histórica de las transformaciones de la periferia en función de su inserción en la economía mundial.

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Más allá de los debates teóricos entre las diferentes interpretaciones sobre el desarrollo y el subdesarrollo, sus múltiples conexiones, al final de la década de los años sesenta la situación de la mayoría de la población de los países subdesarrollados no ha experimentado una mejora. Aparece, en ese momento, el concepto de “desarrollo autocentrado” en el lenguaje del desarrollo. Resumido, de forma en exceso simplificadora, en la...

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