La cooperación para el desarrollo tras la intifada: nuevas prioridades ante un futuro incierto

AutorIgnacio Álvarez-Ossorio Alvariño
CargoProfesor del Área Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante
Páginas49-62

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Las prioridades del Proceso de Oslo

El 13 de septiembre de 1993 se firmó el Acuerdo de Oslo. Mediante dicho acuerdo, palestinos e israelíes pretendían sentar las bases de la paz y resolver su largo conflicto. Muchos consideraron entonces que se daba un paso histórico hacia la reconciliación de los pueblos árabe e israelí que, mediante el acuerdo, ponían fin a la relación de zero sum vigente desde 1948. La nueva coyuntura de negociaciones implicaba la modificación del orden de prioridades de los actores regionales. Si hasta entonces el enfrentamiento bélico y la maximización de poder habían marcado la relación entre el Estado hebreo y sus vecinos árabes, era imprescindible establecer un nuevo marco de cooperación en Oriente Próximo.

Uno de los pilares de ese Nuevo Oriente Próximo que el gobierno laborista pretendía impulsar con el proceso de paz, era la creación de un Mercado Común árabe-israelí. El anexo IV del Acuerdo de Oslo, el “Protocolo sobre la cooperación israelo-palestina concerniente a los programas de desarrollo regional”, incidía en la necesidad de elaborar un programa de desarrollo regional a gran escala con el respaldo del G-8, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) y las instituciones financieras internacionales (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional). Para ello, se consideraba necesario impulsar la creación de un Fondo y un Banco de Desarrollo de Oriente Próximo y la cooperación regional en una serie de proyectos de interés común (entre ellos, un canal entre Gaza y el mar Muerto, la interconexión de la red eléctrica, varias plantas desalinizadoras y el desarrollo de los recursos hídricos y de la agricultura, un plan regional de turismo, transporte y comunicaciones, y la cooperación para la explotación del gas y el petróleo).

Un informe de la Asociación Israelí de Cámaras de Comercio fechado una semana antes de dicho acuerdo recogía los supuestos beneficios que depararía el proceso de paz para el conjunto de la región.1 Entre los más significativos citaba la reducción de los presupuestos de defensa, la estabilidad de los precios del petróleo, la llegada de masivas inversiones extranjeras, la creación de un Mercado Común en Oriente Próximo, el incremento del turismo y de la cooperación regional en diferentes terrenos (turismo, agua, agricultura, medio ambiente, energía y finanzas). Según dicho informe, Israel sería el principal beneficiado por la nueva situación ya que se convertiría Page 52 en el centro de gravedad económico de la zona al atraer la mayor parte de las inversiones extranjeras previstas, abrir nuevos mercados para sus productos y lograr poner fin al boicot árabe contra el Estado judío. El propio Simón Peres, inspirador del proyecto del Mercado Común en Oriente Próximo, pensaba que “el proceso económico regional instituirá una nueva realidad en la que los negocios se antepondrán a la política. En último término, el Oriente Próximo se unirá en un mercado común, una vez que hayamos logrado la paz. Y la misma existencia de ese mercado común fomentará intereses vitales en mantener la paz a largo plazo”2.

La distancia entre las expectativas contempladas en 1993 y el desolador escenario de 2004 no puede ser mayor. Como subrayaron entonces diferentes analistas, entre ellos Bernard Ravenel, la Declaración de Principios era ante todo un “proyecto de pacificación por medio del desarrollo económico”.3 La crítica del economista libanés Georges Corm a este proyecto era implacable: “La dimensión económica de los acuerdos, desproporcionada en relación a la dimensión política, adopta un aspecto surrealista, a menos que el nuevo orden regional norteamericano-israelí, en alianza con los capitales privados árabes procedentes de los beneficios petrolíferos, pueda abrir y unificar unos mercados que hasta el momento han permanecido fragmentados, protegidos y demasiado inestables para las grandes compañías multinacionales [...]. Según esta visión la Palestina laica y democrática donde los árabes e israelíes vivirían juntos [...] se alcanzaría gracias a los milagros de la economía de mercado”.4

La cooperación al desarrollo en la década de Oslo

Tras la firma de los Acuerdos de Oslo, la comunidad internacional hizo un esfuerzo considerable para favorecer el desarrollo de aquellos territorios que pasaron a ser gestionados por la Autoridad Palestina (AP). No obstante, los proyectos de cooperación al desarrollo quedaron pronto hipotecados por el lento avance del proceso de negociaciones y las resistencias israelíes y palestinas a alcanzar un acuerdo definitivo.

A las ya conocidas dificultades que debe afrontar a menudo la cooperación al desarrollo, se unía ahora la peculiar situación de los Territorios Palestinos que eran administrados en teoría por la AP, pero que en la práctica se mantenían bajo la ocupación israelí. En este sentido, el proceso de paz fue rehén de los vaivenes y altibajos vividos en la escena política israelí; entre 1995 y 1999 se Page 53 sucedieron cuatro primeros ministros —Isaac Rabin, Simón Peres, Benjamín Netanyahu y Ehud Barak— con visiones radicalmente diferentes sobre la paz con los palestinos.

Tras el arranque del Proceso de Oslo, la cooperación al desarrollo internacional hacia los territorios autónomos palestinos registró un avance considerable, como muestra el incremento que experimentó tanto la ayuda europea como la española. De hecho tanto la Unión Europea (UE) como España se convirtieron en actores principales debido a su respaldo económico y político a la AP, siendo la UE el principal donante en los Territorios Palestinos.

El Programa MEDA de la UE consideró a los Territorios Autónomos como área prioritaria. Durante el periodo 1995-1999, el Programa MEDA I concedió a Cisjordania y Gaza 54 de los 111 millones de euros comprometidos en un principio.

En lo que se refiere a la Cooperación Española cabe señalar que los Territorios Palestinos son el único país programa de Oriente Próximo y, además, el único que tiene una Oficina de Cooperación Técnica. Los Territorios Palestinos son el principal beneficiario de la Cooperación Española en el área Asia-Medio Oriente5. En total, España destinó a los Territorios Autónomos más de 175 millones de dólares en el periodo 1994-2001 "entre ayuda no reembolsable —proyectos y programas, cooperación multilateral, ayuda alimentaria y de emergencia, contribuciones al presupuesto palestino y cooperación cultural— y ayuda reembolsable —Créditos de Fondo de Ayuda al Desarrollo (FAD)—"6.

Volumen de la Ayuda Oficial al Desarrollo española entre 1994-2001 (en miles de dólares)


1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001 TOTAL
BILATERAL
FAD
ONG
UNRWA
TOTAL
12.325
1.680
14.005
17.810
5.270
4.200
27.280
4.660
14.520
4.390
4.800
28.370
7.246
15.247
4.768
5.110
32.371
3.963
18.763
5.493
3.450
31.669
4.633
14.261
3.281
3.125
25.300
2.871
100
3.754
3.200
9.925
4.353
3.212
7.565
57.861
62.891
31.848
23.885
176.485

Fuente: Carlavilla, 2003: p. 182.

La distribución por sectores de la ayuda bilateral española entre 1994 y 2001 fue la siguiente:

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El impacto de la Intifada en la cooperación al desarrollo

En 2000, cuando el proceso de paz entró en una vía muerta tras el fracaso de las negociaciones de Camp David y Taba y la irrupción de la Intifada, la confianza entre las partes se evaporó dando lugar al peor de los escenarios posibles: el incremento de los atentados suicidas y el desmantelamiento de la AP por parte del gobierno Ariel Sharon. Desde entonces, la situación de la población palestina se ha agravado de manera considerable retrocediendo el camino avanzado en los años anteriores.

Desde el estallido de la Intifada se ha...

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