De cómo guardar La Habana entre las páginas de un libro

Lunes

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Albañilería de la palabra

Una tarde, frente al bar de La Roca, un santuario del mojito y la descarga farragosa de la rota bohemia artística de los 80, apoltronado en el cojín de terciopelo de un Cadillac gris perla, modelo 1957, con un añejo doble a capella en la mano derecha, el pintor Raúl Milán me contó que, durante la crisis de los misiles, en octubre de l963, ante el peligro de que una bomba borrara del mapamundi la ciudad de La Habana, René Portocarrero, su compañero -su amor de toda la vida- tenía la obsesión de pintar la ciudad para salvarla.

René no dormía, me dijo Milán, y yo no paraba de llorar por él, por mí, por la ciudad, por todos. René creía que la pintura nos iba a salvar La Habana. No pasó nada, o pasaron otras cosas y, por lo menos, La Habana, que estaba en peligro, la tenemos guardada en todos esos lienzos llenos de colores.

Yo creo que algo como eso ha hecho Luis Manuel García con Habanecer.René Portocarrero, que parecía siempre una morsa desengañada, nos dejó los colores de las fachadas, de los balcones y las puertas para que entremos a ver la vida adentro. Luis Manuel, en cambio, nos entrega toda existencia, el aliento humano de la ciudad, el fragor del barretín diario del cubano, en unos ámbitos de los que entramos y salimos con sólo abrir y cerrar un libro, publicado esta semana por la editorial Mono Azul, en su colección Cazadores en la nieve.

Habanecer es una cruzada de rescate y preservación. Una campaña minuciosa y tenaz de la lengua castellana para eternizar una ciudad, un modo de vida, una filosofía de la supervivencia, la manera de comunicarse de un grupo de personas en situación extrema, en un estado de emergencia perpetua.

Este libro ahora, para mí, son dos. Uno el que leí allá, en Cuba, hacia 1992, en su primera edición, escamoteada por la censura gubernamental, donde podía reconocer sus comarcas nada más que con levantar la mirada del papel.

Una obra que me ayudaba a explicarme y a entender las reacciones de la gente que me rodeaba, en la que aprecié la fuerza y la hondura de los significados de las palabras que escuchaba en las calles, en la puerta de mi casa y en la esquina donde estaba instalado un patíbulo permanente para el doble nueve del dominó.Ahí estaba el lenguaje del Hyde Park silvestre y destartalado impuesto por hombres marginales en el solar donde sobreviven.Gente que cuando decían «poma», querían decir calle. Si decían «tanque», estaban hablando de la cárcel. Cuando pronunciaban la...

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